Entre EE. UU. y China: Colombia ante el pulso geopolítico de las grandes potencias
América Latina y el Caribe vuelven a ocupar un lugar visible en la agenda internacional, no por transformaciones internas recientes, sino por el reordenamiento acelerado del sistema global. El avance hacia un escenario multipolar ha reactivado la competencia entre las grandes potencias, que hoy proyectan visiones distintas sobre el orden mundial y el papel que deben jugar regiones como esta.
Dos documentos difundidos recientemente reflejan con claridad ese contraste. Por un lado, la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, presentada por la administración de Donald Trump. Por el otro, el nuevo Documento de Política de China hacia América Latina y el Caribe. Analizados en conjunto, ambos textos no solo delinean prioridades diplomáticas, sino que revelan concepciones opuestas sobre la región y su lugar en el mundo.
Para Colombia, esta diferencia no es abstracta. El país se encuentra en el centro del debate hemisférico, en medio de un contexto marcado por operaciones militares estadounidenses en el Caribe y advertencias explícitas sobre la posibilidad de extender acciones a territorio colombiano. En ese escenario, la forma en que las potencias interpretan a la región adquiere una relevancia estratégica.
La visión estadounidense, plasmada en su estrategia de seguridad, presenta a América Latina como un espacio frágil y problemático que debe ser contenido y controlado. Bajo una reinterpretación contemporánea de la Doctrina Monroe, la región aparece asociada a amenazas como el narcotráfico, la migración irregular y la inestabilidad política. En ese marco, Colombia es retratada más como un foco de riesgo que como un socio, lo que refuerza una lógica de seguridad que privilegia la acción militar y la excepcionalidad sobre la cooperación política.
China propone una narrativa distinta. En su documento de política regional, el gigante asiático describe a América Latina y el Caribe como un conjunto de países socios, con los que busca relaciones basadas en la igualdad, el beneficio mutuo y el desarrollo compartido. Aunque el discurso responde a intereses estratégicos claros, también refleja una aproximación que reconoce la agencia de la región y su papel en la transformación del orden internacional.
El contraste es significativo: mientras una potencia concibe a la región como una frontera que debe ser vigilada, la otra la presenta como un actor con capacidad de aportar a un sistema global más equilibrado.
En el caso colombiano, esta dualidad se vive de forma directa. Estados Unidos continúa siendo un aliado clave, pero su enfoque, sustentado en una “guerra contra las drogas” de larga data, ha derivado en tensiones asociadas al uso de la fuerza y a la amenaza de intervenciones extraterritoriales. Al mismo tiempo, China se ha consolidado como un socio estratégico con el que Colombia ha profundizado vínculos mediante su adhesión a iniciativas como la Franja y la Ruta, así como su acercamiento a organismos financieros multilaterales alternativos.
Estas relaciones han abierto oportunidades para diversificar alianzas, impulsar proyectos de infraestructura, ampliar el comercio, avanzar en la transición energética y fortalecer la presencia del país en escenarios multilaterales. No obstante, también exigen una lectura cuidadosa del entorno internacional y una estrategia clara de largo plazo.
El debate, según coinciden analistas, no pasa por elegir entre Washington o Pekín. Se trata, más bien, de reconocer que Colombia y la región cuentan hoy con un margen de maniobra mayor que en décadas anteriores. La multipolaridad amplía las opciones, pero también exige autonomía, coherencia y visión estratégica.
Estados Unidos seguirá siendo un socio central, pero la relación no puede estar condicionada por la amenaza o la excepcionalidad. China, por su parte, ofrece oportunidades concretas, aunque su acercamiento demanda claridad política y objetivos bien definidos.
Durante años, América Latina ha insistido en que no quiere ser el patio trasero de ninguna potencia. El actual contexto internacional ofrece, quizá como pocas veces antes, la posibilidad de ejercer esa aspiración. El desafío para Colombia y la región será convertir esa ventana histórica en una estrategia sostenida y no dejar pasar una oportunidad que difícilmente se repetirá.